Diario de Carrera #30 – II Trail Mosteiro de Caaveiro

Entrada #30

II Trail Mosteiro de Caaveiro

(Por “el Bécquer de Los Rosales”)

Desde hace años he sido un aficionado al “atletismo de salón”. Esto se traduce en que no me perdía la retransmisión de ninguna competición importante ya fuese europeo, mundial o juegos olímpicos. Permanecía horas pegado al televisor embobado con las distintas competiciones y admirando el trabajo de algunos de los mejores atletas de la historia, con especial mención a la que considero la mejor y más elegante corredora que ha existido nunca: Allyson Felix.

Ser un “atleta de salón” se había convertido en una obligación más que una elección. Tiempo atrás había participado en algunas competiciones pero desde hacía tiempo un dolor intenso e inflamación en las rodillas me impedían correr más de 1 km con normalidad. Curiosamente, fue el Crossfit y el entrenamiento diario los que rescataron a mis piernas de esa situación y los que me permitieron probarme y empezar a correr de nuevo, aunque se tratase de distancias cortas. Teniendo en cuenta que pensaba que probablemente no podría volver a correr, aunque las distancias aun fuesen cortas la satisfacción ante cada paso dado era infinita.

Así fue como, poco a poco, fui fortaleciendo las rodillas hasta que llegó el día en que me atreví a apuntarme a carreras. Distancias bastante discretas, tiempos aún más discretos, satisfacción impagable. El día 19 de noviembre pude dar un paso más en mi progresión: corrí mi primer trail, Caaveiro. Hacía tiempo que llevaba escuchando hablar a Safobo de los trails, de lo bien que estaban, de que una vez corriese un trail no volvería a correr por asfalto… y la verdad es que la curiosidad me picaba un poco. Al fin y al cabo, el escuchar a alguien hablar con tanta pasión sobre el tema te hace pensar aquello de “algo bueno tendrá el agua cuando la bendicen”. El único requisito era que apareciese un trail con una distancia que yo considerase asumible para que me decidiese a probar. Y fue así como al final me apunté a este trail.

Pulsar el botón de registro tuvo dos efectos inmediatos. El primero, 15 euros menos en mi cuenta. El segundo, los fantasmas empezaron a aparecer por todas partes. Todas las dudas, todas las preguntas, todos los temores que puedan imaginarse se agolparon en mi cabeza. Que si no sé cómo es el terreno, que si el equipamiento que tengo no es el apropiado, que si llueve, que si puedo lesionarme fácilmente… Todo eran preguntas y temores que se mezclaban con la ilusión y las ganas por vivirlo.

Los días fueron pasando y por fin llegó el gran día. Para el resto del mundo puede que un día normal como cualquier otro; para mí un día bastante especial. Todo es cuestión de perspectiva. Muy de mañana, con un frío que pelaba pero sin apenas rastro de nubes, Bowman pasó a recogerme y nos encaminamos hacia A Capela. Nunca me convenció eso de que “con lluvia es mucho mejor, mucho más divertido”, así que iba contento con las perspectivas climatológicas. Fue un viaje que sirvió, además de para calmar mis nervios, para que Bowman me fuese contando cosas sobre los trails y su experiencia en ellos y dijese una frase que se me quedó grabada: “Ya verás como cuando vengamos de vuelta me dices que te ha gustado”. He de decir que tomé esa frase con muchas reservas y que en mi cabeza no estaba nada convencido de que fuese a ser así. Como siempre, el tiempo lo diría. Y vaya si lo dijo, alto y claro.

Llegamos a A Capela con tiempo suficiente (aunque no demasiado) para cambiarnos en el coche y coger el dorsal de Bowman, ya que su carrera empezaba media hora antes que la mía. La primera impresión fue de familiaridad. Es difícil explicar cómo se puede tener esa sensación cuando estás en un sitio en el que nunca habías estado, rodeado de gente a la que no conoces y para hacer algo que nunca has hecho. Pero esa era la sensación… parece que la gente se conoce de otras carreras, se saludan, se animan… son como una familia. Curioso, pero cierto. Recogimos el dorsal de Bowman y hubiese podido coger ya el mío pero en un alarde de inteligencia (modo ironía off) pensé que un poco más tarde lo podría coger igual y posiblemente habría menos gente. Craso error; cuando volví para coger los dorsales la fila era el doble de lo que era apenas 15 minutos antes y ya se empezaba a escuchar a gente decir “no llegamos para la salida”. Mira que si después de todo no llego a la salida…

Que no cunda el pánico, llegué a tiempo para la salida, incluso con tiempo suficiente para echar un ojo a mis rivales. Siempre miro alrededor tratando de adivinar cómo es la competencia, pensando “este parece de los buenos” o “este tiene pinta de ser más como yo” y probablemente siempre me equivoco. Me fijo en todo lo equipada que va la gente y por un momento me siento desubicado: vestido como para ir al gimnasio y con una botella de agua en la mano. Soy la excepción en una marabunta de personas perfectamente equipadas para la prueba que tienen delante pero a estas alturas de la historia ya es tarde para pensar en eso, así que me pongo los cascos y dejo que la música me ayude a evadirme.

Una vez dada la salida, como suele ocurrir en todas las carreras, se produce ese momento atasco en hora punta en el que apenas puedes avanzar y en el que lo más complicado es adelantar a gente que van corriendo haciendo una barrera. Se trata de un momento en el que se pone a prueba mi paciencia, buscando el momento y el resquicio adecuado para avanzar. Al poco rato giramos a la derecha y pienso “adiós a la carretera, allá vamos”. El asfaltero que hasta ahora he sido y soy se adentra en un mundo desconocido. El primer anuncio de lo que va a ser la carrera y de lo que es un trail lo tengo llegada la primera bajada: todos en fila y con cuidado de no rompernos la crisma. Por un momento me preocupa pensar que gran parte de la carrera sea así pero al poco rato el grupo se estira y empezamos a correr con mayor separación entre unos y otros y las sensaciones mejoran. Estamos en ese punto de la carrera en el que aún intento subir las cuestas corriendo. Tengo fuerzas, tengo piernas… ¿Por qué no? Veo gente que ya desde el principio sube esas cuestas caminando. ¿Es que ya no pueden subirlas de otra forma o que saben lo que les espera y por lo tanto se dosifican? Soy consciente de que probablemente sea lo segundo, pero yo sigo. La primera cae, la segunda también pero la tercera ya puede conmigo y me veo obligado a frenar y subir caminando. No me gusta, me frustra tener que parar cuando estoy acostumbrado a hacer carrera continua, pero esta será la primera de muchas cuestas subidas caminando. A partir de ese momento todas las cuestas fueron así y aprendí a dejar atrás esa frustración y entender el ir caminando como algo normal en el contexto en el que me encuentro (algo que por cierto ya me había comentado Bowman en el camino de ida, pero que hasta que uno no lo experimenta…).

Llevamos un rato corriendo o andando y las distancias entre los participantes no han dejado de aumentar, de forma que en muchos tramos corro solo. Y, para mi sorpresa, el miedo inicial a correr solo y poder confundirme y perderme se ha convertido en una de las cosas que más me están gustando: correr en soledad, sin sentir a nadie relativamente cerca. Puede parecer un pensamiento egoísta, pero la sensación de libertad y plenitud es máxima en ese momento en el que estás tú, tu respiración, tu mente, el camino y el paisaje que te rodea. Y las piedras, no nos olvidemos de las piedras. Aun las siento en las plantas de los pies, traspasando mis zapatillas de 12 euros.

Ya ha pasado tiempo desde la salida, hemos subido y bajado, la camiseta térmica que al principio me protegía del frío ahora empieza a sofocarme y en un determinado momento me doy cuenta de que no he puesto el cronómetro ni nada con lo que controlar el tiempo ni lo que queda de carrera. Va a ser una carrera a ciegas ya que no he visto señalización kilométrica alguna y por un momento pienso que igual hasta es positivo que sea así. Es cuestión de dejarse llevar, de no preocuparse por nada más que el momento en el que estás. Lo que llevas corrido y lo que te queda por correr son lo mismo en este punto: nada.

He llegado a una bajada con un desnivel importante, que dura un buen rato y en la que intento prestar atención y controlar la velocidad de mis pies y la forma en que piso. Como siempre, una cosa es decirlo y otra hacerlo. Bajo sobrerevolucionado, con 2 o 3 amagos de torcedura de tobillo pero los salvo lo mejor que puedo y por suerte no hay que lamentar ninguna desgracia. Al final de la bajada me encuentro sobre un puente de piedra y al lado serie de formaciones rocosas cubiertas por vegetación que parecen directamente sacadas de alguna serie o película. Tienen algo mágico, no sé el qué.

El dicho dice “todo lo que sube baja”; en este caso “todo lo que baja, sube”. Es lo que voy pensando en la bajada interminable, temiendo lo que voy a tener que recuperar. Es una costumbre personal a anticipar lo que viene cuando aún no tengo controlado lo presente. Y, como es lógico, no me equivoco. En el momento en que empezamos a subir enfrentamos la subida más larga y dura que he vivido en mi vida. De esas que subes caminando y aún así te cuesta. El desnivel es tal que cada paso es un sacrificio que tira tanto de pierna como de lumbar. En cada giro, la esperanza de haber llegado ya a la cima se desvanece y delante solo aparece más pendiente. ¿Atrás? Quizás el vacío, no sé, no he vuelto la vista atrás en ningún momento. Por momentos esta subida interminable consigue minarme la moral. ¿No se va a acabar esto nunca? Cuando alguien pasa a mi lado, las miradas se cruzan y una media sonrisa aflora, y ambas transmiten ese mensaje. Eso y un “ánimo, ya queda menos”.

En medio de tanta subida pasamos por el punto de avituallamiento, pero no paro. No por cuestión de tiempo, no estoy compitiendo con nadie, simplemente quiero acabar, sino porque no me interesa nada de lo que hay allí: no quiero comer y para beber aun tengo mi agua. Así que sigo subiendo…

No puedo decir cuánto tiempo estuve subiendo por esa ladera, pero fue una vida y media. Mi mente pasó por todos los estados de ánimo posibles. Por momentos imaginaba la gente que en tiempos pasados utilizaban esos caminos para su vida diaria, y no pude más que sentir admiración. Y alivio, porque no me tocase a mi esa vida, para que negarlo.

Esta subida representó la parte más dura de toda la carrera (en un sentido positivo) pero también representa la parte más negativa de un trail: la imposibilidad de llevar un ritmo de carrera constante. Entiendo que es cuestión de adaptación, pero acostumbrado a carreras en asfalto este aspecto me cuesta asimilarlo.

Parecía que no iba a ocurrir nunca, pero llegó un punto en el que el terreno se volvió más apto para correr y ahí llegó una de las grandes pruebas de fuego: ¿Cómo poner a correr a unas piernas que están completamente destrozadas de subir esas pendientes infernales? ¿Cómo desbloquear el cuerpo, que está ya rígido y con las lumbares gritando a pleno pulmón? Empiezo a correr poquito a poco y rezo para que no quede mucho camino por delante. No sé cuánto más pueden aguantar mis piernas ni a qué ritmo pueden hacerlo. Afortunado yo, que quedaba suficiente camino para 2 o 3 sorpresas más.

La primera, una nueva subida, más corta que la anterior, sí, pero que afronto con unas piernas rotas. La segunda, el equivocarse de camino e ir por una ruta cuesta arriba cuando el camino correcto era otro. Por suerte pudimos rectificar a tiempo; lo contrario, a estas alturas, hubiese sido un golpe muy duro (moral y físicamente). Para compensar, he de decir que por el terreno y el paisaje esta ha sido la parte del circuito que más me ha gustado, con diferencia.

Tras un buen rato corriendo, andando, trepando y sufriendo se presiente que la meta está cerca. No, no es que yo sea muy listo, lo dicen las flechas pintadas en el suelo y aquellos que una vez acabada su carrera van caminando en dirección contraria, animando a los que vamos llegando. Hubiese querido entrar esprintando un poco, con un poco de fuerza, pero no hay piernas para nada de eso. Entro en meta con el cuerpo, especialmente las piernas, roto pero con una gran sensación de satisfacción.

A partir de este momento queda lo fácil. Bueno… fácil, fácil tampoco. Ducha con el agua más fría con que me he duchado en mi vida, aderezada de los “UOOOOOH” de aquellos que la sienten por primera vez sobre su piel. Tras la ducha, una tacita de consomé calentito que, dentro de lo simple que era, supo a gloria y vuelta para casa con el cuerpo destrozado. Y dándole la razón a Bowman.

Cuatro días después escribo estas palabas, con los efectos del trail aun presentes en mis piernas y en mi mente. Éste ha sido mi primer trail y, si el cuerpo me lo permite, no será el último.

 

 

Comments

comments