Diario de Carrera #31 – Matallana de Torío

Entrada #31

III Carrera X Montaña Matallana de Torío

(A. Javier “Safobo”)

Una sensación extraña me acompañó este sábado durante todo el viaje de ida hacia Ponferrada. Habíamos elegido la capital del Bierzo como punto de reunión, allí me encontraría con los Chuvoners Silvia y Martín, más concretamente en el restaurante Las Pallozas próximo a la salida de la A-6. El trayecto pude hacerlo casi con los ojos cerrados y es que los viajes durante todo este último año a la Facultad de León han hecho que todo me resulte familiar por la autovía.

A eso de las 14:15 llego al destino y pocos minutos después un ‘bip’ del móvil y un mensaje de mi amigo vigués: “Pallozeo”. Una sonrisa se me despierta en la cara, al parecer no soy el único que trae hambre. Me informa que ya están cerca. El sitio tiene buena pinta y el sol que se esfuerza por dar un poco de calor lo hace más agradable aún. Un olorcillo que sale del interior me abre todavía más el estómago. Apenas puedo hacer un pequeño reconocimiento al restaurante por fuera cuando veo llegar el coche azul de Silvia. Mucha emoción al volver a verlos.

Tras compartir unas breves impresiones del viaje, un pelín largo para nuestro gusto, entramos dentro. La temperatura es la propia de una palloza tradicional, lo comentamos y nos reímos. Nos mandan pasar a la parte del comedor, toda acristalada, muy cálida y soleada, con una vistosa estufa en el medio de la sala. Procedemos a acomodarnos en una mesa al lado de uno de los ventanales y pronto decidimos qué pedir. Pocos minutos tardamos en encadenar conversaciones sobre trails, carreras y aventuras. Martín me habla del Babia Sherpa Tour y los tres hacemos castillos en el aire sabiendo que a muchas de las pruebas que comentamos no podremos ir este próximo año por falta de espacio en el apretado calendario (y eso que aún no hemos terminado 2017…). En un momento de la conversación Silvia me pregunta qué tal y es cuando les hablo de esa molesta sensación que no me abandona. Estoy notando y mucho la ausencia de David. Lo había planeado e imaginado todo con él y que no estuviera allí con nosotros me daba mucha pena. Comprendía bien el motivo de su ausencia y no podía hacer más que desear que aquello que le impidió viajar pronto se solucionase.

Terminada la sobremesa ponemos pies en polvorosa. Tenemos muchos planes en la cabeza pero el más inmediato de todos es ir a León a recoger nuestros dorsales para la carrera. Silvia le pregunta a la encargada sobre la posibilidad de dejar mi coche dentro del parking para así ir los tres en el suyo. Una vez dado el visto bueno cojo mis bártulos y los meto en el Renault. Carretera.

Disfrutamos del temprano atardecer por el camino y cuando llegamos a la capital leonesa ya se está haciendo de noche. Tenemos suerte para aparcar a dos calles de la tienda de deportes Kamariny. Al llegar comprobamos cómo hay más gente con el mismo propósito que nosotros. Recogemos nuestras bolsas y posamos juntos con nuestros dorsales para un fotógrafo quien nos enseña unas instantáneas que tomó hacía pocas horas y mostrándonos una poca nieve en algunas partes del recorrido. Nada hacía presagiar lo que nos encontraríamos al día siguiente. Ojeamos unas cuantas zapatillas e incluso miramos un bañador para Silvia para que pudiese afrontar con todas las garantías la zona del río 😀 Eso sí, no nos quedamos a la charla técnica.

Tocaba paseo por la zona histórica y nos fuimos en busca de la Catedral. Contagiados por las luces y el espíritu navideño que inundaba la ciudad nos metimos en un par de tiendas a ojear regalos. Proseguimos nuestra ruta y llegamos a la Casa Botines, donde había un pequeño grupo de turistas a los que un guía les explicaba un poco de historia. Pusimos la oreja y con un par de buenas anécdotas sobre Gaudí en el bolsillo seguimos con nuestra caminata.

La Calle Ancha estaba llena de gente. Daba gusto ver tan buen ambiente a pesar de la temperatura que hacía (3 grados marcaba el mercurio y bajando) aunque imagino para los leoneses es el pan de cada día en esta época. Antes de que nos diésemos cuenta ya estábamos en la Plaza Regla admirando la majestuosa catedral de estilo gótico que habíamos tenido que estudiar en nuestros años mozos. Sacamos las pertinentes fotos, le dimos una vuelta como se merecía y al no poder entrar porque ya estaban cerrando decidimos guarecernos del frío en algún bar. Acabamos en El Traga viendo el partido del Depor y tomándonos unas Estrella Galicia (‘typical’ leones). El fútbol fue lo de menos, de hecho fue algo anecdótico. Aquellas cervezas sirvieron para conocer un poco más a Martín y descubrir vivencias de Silvia. Supongo que han notado que les admiro, adoro verlos juntos y sobretodo verlos tan bien como los vi en aquel bar. Ojalá la vida se lo ponga todo un poco más fácil de aquí en adelante.

Las patatas fritas de sabor alucinante y unas aceitunas supersabrosas que nos pusieron en el bar nos abrieron el apetito. Salimos al frío y dirigimos nuestras narices semicongeladas a la Plaza Mayor. No permanecimos mucho tiempo allí y nos fuimos pitando a la Zona Húmeda, donde un colega de Martín le había dicho que estaban los mejores sitios de tapas. Llegados a la Plaza San Martín tardamos 0,5 en decidir entrar a la Tabierna Los Cazurros, donde un amabilísimo camarero nos atendió a las mil maravillas pese a lo abarrotado que estaba el local. Celebramos la gran suerte que fue encontrar una mesa y dos sitios libres (que pronto se convertirían en 3 con mis improvisadas dotes castellano-leonesas que sirvieron para arrancar alguna que otra carcajada a los chicos) con una cena a la altura de la ocasión. Todo productos de la tierra, a cual más delicioso. La Degustación Cazurra fue el plato estrella. Comimos y bebimos hasta que no pudimos más. Una vez terminada la cena y con un pequeño obsequio bajo el brazo que le hizo el camarero a Martín pusimos rumbo al coche. No era muy tarde pero queríamos descansar bien para el trail del día siguiente. Los chicos debían acercarme hasta Vegacervera, donde estaba el hotel rural Chousa Verde en el que había reservado habitación, y volver para el suyo que estaba algo más alejado de Robles de la Valcueva, lugar donde se daría la salida.

Y por el camino nos llevamos la enorme sorpresa. Cuanto más nos acercábamos a Matallana más nieve veíamos por campos y montañas hasta que empezamos a notar cómo caía en el parabrisas del coche y sobre la carretera. La enorme luna iluminaba el manto blanco que se estaba formando todo lo que las nubes le permitían. Entre una sensación de júbilo por ver aquello y de respeto frente a lo que se nos venía para la carrera llegamos al Chousa Verde. Les pedí a los chicos que me avisasen cuando estuvieran hospedados porque la carretera se estaba poniendo muy delicada por momentos. En cuanto recibo su mensaje me tranquilizo, acordándome en ese instante de una persona que tiene por buena costumbre asegurarse que la gente llega bien a casa y que parece algo me ha contagiado, y al poco ya estoy durmiendo.

Las 7:30 de la mañana del domingo y suena la alarma del despertador. Me levanto, abro la ventana y ahí está: blanco por todos lados, y eso que aún no ha amanecido. Adivino que las montañas que aún no se ven están igual de blancas. Preparo las cosas y a eso de las 8 bajo a desayunar (los dueños tuvieron la deferencia de adelantar la hora del desayuno para que los que estábamos allí por la carrera pudiésemos hacerlo sin prisas). 4 mesas con corredores a los que doy los buenos días. Me tomo un zumo, unos cereales con leche y cacao, dos piezas de fruta y apuro una tostada. Enseguida vuelvo a la habitación a ultimar detalles.

A las 8:30 estoy delante de la puerta y puntuales los Chuvoners me recogen allí. Por la carretera vamos pisando huevos dadas las condiciones del firme (el coche marca -5º) y un pelín nerviosos porque no vemos el arco de salida al pasar Robles. Finalmente encontramos el sitio y aparcamos muy cerca de la salida. Faltan pocos minutos para las 9.

Vemos cómo hay gente tomando chocolate caliente pero ya no hay estómago para nada. El frío es intenso y apuramos unos ejercicios de calentamiento que no consiguen desentumecernos demasiado. Pasamos el control de chip, saludamos a una fotógrafa que hay en un balcón inmortalizando a varios grupos de corredores y nos preparamos para empezar.

A los pocos metros de dar la salida ya no veo a Martín, su envidiable condición física le hace ir bastante por delante. El tramo de asfalto no dura nada y acompaño a Silvia en la primera subidita, repleta de nieve, nada dura pero suficiente para terminar de entrar en calor. Echo de menos desde el minuto uno un calzado con más taqueado, presiento que me va a hacer mucha falta. Me conformo con el que llevo que por lo menos es supercómodo y ligero.

Pronto superamos el Alto la Cota y empezamos la pequeña bajada. Pequeña pero suficiente para que Silvia me deje atrás, ¡qué diferencia entre uno y otro! He de aprender de ella e intentar seguir mejorando.

En un tramo de llano recupero el terreno perdido y llegando a Padarvé, justo después de pasar el puente que cruza el río, vuelvo a contactar con la viguesa que ya empieza a quitarse ropa de abrigo para ir más cómoda. Tiro delante de ella, atravesamos un túnel y empezamos la primera señora subida, Canto Sardón, que enfila el grupo y castiga los gemelos. Silvia me vuelve a pasar con ritmo ágil e intento seguir su estela. A mitad de subida el paisaje se vuelve cada vez más blanco. Sendero precioso que cuesta disfrutar porque lo que prima es recuperar el aliento.

La bajada, con las primeras partes técnicas, es una gozada. Es la primera vez que corro en esas condiciones climatológicas y en cada paso que doy aprendo algo. En algunas partes me deslizo casi sin esfuerzo por la nieve y es una sensación que me encanta.

Segundo avituallamiento (el primero debía ser una fuente que pasamos en el km 5 en la que no paramos) en el Pueblo de Naredo, veo a Silvia que ya está reiniciando la marcha cuando yo llego y me comenta que ha dejado allí alguna ropa. Sé que ya no la volveré a ver hasta meta. Intento beber agua pero está tan fría que me cuesta horrores dar varios tragos, cojo algún cacho de fruta y me tomo mis primeras sales antes de proseguir. Afronto la recta posterior de asfalto y bastante ventosa que me enfría el cuerpo pero la gente de las casas lo contrarresta con sus ánimos, cencerro en mano incluido, y sigo.

Tercera subida por Alto el Castro y Collada del Horno que fue más fácil subir que bajar, pues en la parte de descenso había partes heladas super resbaladizas. En una hasta tuve que sentarme y deslizarme como si fuera un tobogán. Creo que se me escapó algún grito de euforia.

Poco después de terminar la bajada nos estaba esperando el río Torío, no tan gélido como me imaginaba. Me agarré a la cuerda que tenían preparada y lo atravesé con convicción. Las zapas drenaron bien y vaciaron casi todo el agua al salir. En nada llegué al tercer avituallamiento de Barrio Estación en el que compartí unas palabras con la chica que allí nos esperaba con garrafas de agua del tiempo, que tenía pinta de estar pasando más frío que nosotros. Bebí algo y me eché un gel a la boca, pues desde allí se divisaba el siguiente desafío: Los Mapas. En alguna parte del mismo tuve que ayudarme a subir con las manos, luego fue suavizando. Y primer aviso de batería baja del Garmin (cometí el error de llevarlo con media carga y todo parecía indicar que no aguantaría la carrera entera). La bajada hasta Miranda de Matallana fue una de las pocas que superé sin muchos apuros.

Nueva subida, esta vez al Alto del Calero, y lo peor está por llegar. Ascender no es problema, las piernas me van aguantando decentemente las embestidas, pero en esta bajada hay lo que más tarde Martín calificaría como “trampa para osos” (se enganchó y casi se lleva una piña): una cuerda para un descenso casi vertical en el que a mi paso obligan a ir de a uno (imagino por algún incidente previo como el de mi colega chuvoner).

Llego al avituallamiento de Valdesalinas en el kilómetro 17, donde mientras recupero líquidos y tomo otras sales aparece un todoterreno con un chico que le dice a uno de los voluntarios que más adelante hay gente que se está desviando del camino. El voluntario extrañado afirma que está todo bien balizado y no entiende cómo se pueden despistar los corredores. En todo caso tomo buena nota para cuando llegue a ese punto.

Y empieza la prueba de fuego para mi cuerpo. Mi Everest particular, conocido por el resto de los mortales como Coto Salón. Casi 500 metros de desnivel positivo para llegar a una cima situada a 1500 metros de altitud. La subida más dura de siempre, mucho más que el kilómetro vertical del Xalo. Casi al principio se me apaga el GPS y voy a ciegas, sin referencias. No descansé en ningún momento, la hice del tirón. Eso sí, al llegar arriba me tomé mi tiempo para 1º recuperar el aire que me faltaba y 2º disfrutar de las vistas más hermosas de unas montañas nevadas que he podido contemplar hasta ahora. No hay palabras para describir la sensación de plenitud en ese momento. Es pura felicidad estar en medio de todo aquello.

Voy destrozadito y la bajada es durísima. Me adelantan bastantes corredores pero no puedo hacer otra cosa que resignarme y continuar haciéndolo como buenamente puedo, evitando resbalones y sustos como veo que algún otro sufre. No sé como lo conseguí pero alcancé La Valcueva y, tras pasar por las calles del pueblecito, vislumbré el quinto y último avituallamiento (Palazuelo). Una vez allí le pregunto a un chaval la mar de majo cuánto queda y cómo es el terreno. Me lo describe como una M, una subida que se hace en dos partes con un pequeño descanso en el medio. Restan algo más de 5000 metros para llegar a meta.

Sufriendo lo indecible y sin saber bien cómo llego a Alto de la Cruz, sitio desde el que se pueden ver el resto de altos que hemos superado. Allí dos hombres nos espolean para echar el resto con frases tales como “¡¡¡ Vamos, que los domingos no se hicieron para caminar, se hicieron para correr!!!” A mí ya no me queda resto que echar. Voy con lo puesto y el piloto de reserva encendido desde hace rato. Cada zancada es un castigo pero queda tan poco que aprieto los dientes y me juro que nada me hará parar ya.

Después de una pista muy ancha y completamente nevada comienza la última bajada en la que un par de voluntarios me animan y me arrancan una sonrisa diciéndome que ahora ya no me van a dejar dar la vuelta. El descenso primero por un sendero bastante estrecho con algún zigzagueo que en otras circunstancias me lo hubiera hecho pasar como un niño y después ya más amplio para llegar a Robles de la Valcuelva.

Antes de cumplirse las 5 horas estoy atravesando el arco de meta. 29 kilómetros con casi 2000 metros de desnivel positivo. Estoy un poco enfadado porque más de la mitad de la prueba no me sentí con fuerzas en las piernas para poder competir pero en el fondo contento porque eran muchas cosas nuevas para mí y las superé sin percances. Registran oficialmente mi entrada escaneándome el chip y acudo presto a coger una botella de agua.

Me encuentro a Martín ya aseado, sentado, disfrutando al sol del ambiente magnífico que hay en la plaza. Me dice que Silvia se ha ido a ducharse y nos hace un selfie para mandárselo al grupo y decirles que sigo vivo. Comentamos brevemente lo que ha sido este gran trail y al tiempo aprovecho para estirar un poco que buena falta me hace. Pronto llega la chuvoner que me ofrece las llaves de su coche para que pueda acercarme hasta Vegacervera. Los despido momentáneamente y me vuelvo al hotel rural donde me habían ofrecido la posibilidad de volver a ducharme tras la carrera, todo un detalle dada la hora de regreso. Antes de subir a la habitación casualmente me encuentro a una pareja de coruñeses que también estaban por la carrera, el mundo es un pañuelo. Subo las escaleras con sorprendente energía y es que era momento del mayor premio de cuantos hay… Me tomo la ducha caliente más reconfortante de toda mi vida. No puedo evitar acordarme de las frías montañas bajo el chorro de agua y sonreír. Abandono el hotel y vuelta a la plaza Mariano Gutiérrez.

Ya en la zona de meta, localizo a Silvia y a Martín y rápidamente voy a por mi ración de olla ferroviaria que entra como nada. Lo mejor para el cuerpo después de un esfuerzo así. Tras la entrega de trofeos y acabada la comida decidimos poner punto y final a nuestra presencia allí. Cogimos el coche y pusimos dirección Ponferrada no sin que antes Martín se despidiera efusivamente de todos los allí presentes.

Hablo por todos los Rannass y Chuvoners al decir: gracias infinitas a Miguel, cabeza visible de la organización, ya que sin él nada de esto habría sido posible. Gracias de corazón por ponérnoslo tan fácil y hacer que todo pareciese tan sencillo a pesar del trabajo que somos conscientes habéis hecho para sacar adelante un proyecto como es esta Carrera X Montaña de Matallana de Torío, sin olvidarnos del gran detalle de que ha sido una prueba gratuita. Asimismo agradecer la enorme e impresionante labor de todos y cada uno de los voluntarios que se volcaron sobremanera con una carrera para y por el corredor. Todo ha estado de sobresaliente. Sin palabras nos han dejado.

Una vez más en Ponferrada, nos acercamos hasta el C.C. El Rosal para una pequeña merienda antes de volver a nuestras casas. Con una luna llena, bella y gigante, asomando por el horizonte en la noche ya cerrada llegó la despedida. Estábamos cansados y sabíamos que aún quedaban unas horitas de coche hasta Vigo/Coruña pero nuestras miradas desvelaban una felicidad inmensa por haber vivido aquella aventura. Bocinazo al coche de la pareja que toma una dirección diferente a la mía y rumbo al hogar.

Permanecerá durante mucho tiempo el recuerdo de todo lo vivido este fin de semana. Y como siempre… ¡deseando que llegue la siguiente!

 

 

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