Diario de Carrera #37 – IV Trail Montes da Ermida

Entrada #37

IV Trail Montes da Ermida

(A. Javier “Safobo”)

Siempre me he tomado los trails como algo individual, algo íntimo, personal. Incluso he utilizado alguno para evadirme un poco de todo y poder disfrutar de la soledad, escuchando únicamente mi agitada respiración y los sonidos de aquello que me rodeaba. Era algo que no compartía con nadie, que guardaba exclusivamente para mí. A pesar de ello está claro que, sobretodo en las pruebas que más afluencia hay, se suelen compartir palabras y algunos momentos de carrera con otros corredores, aunque puntuales. Pero el pasado domingo mi amado deporte me tenía reservada una inesperada sorpresa.

Llegué a Pazos de Borbén temeroso, pues el último entrenamiento por asfalto con Bowman me había dejado malas sensaciones, muy malas. Y odio ir con miedo de fallar a una carrera. Algunas molestias me habían hecho darle mucho al coco y no me notaba relajado ni dispuesto a pasarlo bien en A Ermida. No eran ni mucho menos las condiciones idóneas para afrontar 19 rápidos kilómetros con tan “sólo” 500 metros de desnivel positivo.

Mientras recogía los dorsales de los demás Chuvoners me saludo con Diego, quien llegó antes que el resto, sin saber lo importante que sería su presencia esa mañana.

Salida rápida no, fulgurante. No me puedo creer que se corra a tanta velocidad desde el primer kilómetro pese a que pueda considerarse un “cross largo”. Me lo tomo con calma y me sitúo de la mitad del pelotón hacia atrás. Al principio todo va bien aunque me cuesta coger ritmo como otras veces. Comparto unas palabras con Diego al que alcanzo tras pasar por una zona embarrada llena de pozas y lo dejo atrás. Pasados 10/15 minutos ya debería haber entrado en calor, roto a sudar y llevar una buena zancada pero me noto agarrotado y no me siento ágil como en otras ocasiones.

En la primera subida veo a Silvia, haciendo de espectadora de excepción en esta ocasión, que me anima y a la que sólo puedo responder levantando el dedo pulgar. Es el primer esfuerzo y noto que la pierna no va como debería. Inmediatamente me entra pavor porque pueda ir a más y tenga que abandonar a las primeras de cambio. No me puede estar pasando esto…

A partir de ahí desconecto de la carrera, dejo de ver lo que tengo alrededor, aunque he de decir que me ahorré bastante del paisaje desolador que atravesamos con la mayor parte de las zonas arrasadas por los incendios del verano pasado. No puedo dejar de pensar en unas molestias que no son tanto como lo que me hago creer a mí mismo. Cuanto más lo pienso más parece que las noto. No me daré cuenta de ello hasta finalizada la carrera. Mientras tanto sólo puedo ocupar mis pensamientos en la dichosa pierna izquierda y en que no va como debería. Pierdo la noción del ritmo y poco tiempo tardan en empezar a adelantarme los que venían detrás de mí. Entre ellos, tres chicas que se están disputando la segunda plaza de su categoría. Al verlas competir puedo evadirme un poco y es el único momento en el que dejo de pensar en la pierna. En cuanto me dejan atrás vuelta a la agonía.

En un cruce, antes del kilómetro 5 veo de nuevo a Silvia que ahora va en el Clio. La oigo animarme “¡¡Vamos chuvoner!!” Soy incapaz de responderle. Voy cabizbajo, bloqueado y sin capacidad de reacción. Pienso seriamente en parar, en detenerme y subirme con ella en el coche pero en el último instante no sé qué fuerza me empuja a continuar. Desde ese punto hasta el avituallamiento intermedio todo es una incesante serie de interminables pasos agónicos. No recordaba pasarlo tan mal desde Ons, donde la inolvidable cintilla me dejó en fuera de juego a mitad de recorrido.

No sé bien cómo llego pero lo hago al kilómetro 10. Bajo la pequeña carpa del avituallamiento una vez más la omnipresente Silvia me pregunta cómo voy. Mientras bebo un par de vasos de agua (con unas sales) y apuro una naranja y un plátano le cuento que no voy bien y que no sé qué hacer. En aquel momento vemos a Diego cómo se acerca a nuestra posición. Se le ve muy entero y Silvi me dice que vaya con él. Le hago caso y apuro para que no se me escape pues ya ha reanudado la marcha. Llegado a su altura le advierto que estoy literalmente hecho mierda y que intentaré seguirle. Los siguientes dos kilómetros sigo su estela y hablamos de alguna cosa, suficiente para dejar de rayarme la cabeza.

Cuando me quiero dar cuenta me he olvidado del dichoso dolor. Estamos yendo por el camino de Amoedo a Moscoso, una pista amplia aunque bastante pedregosa por la que nos adelanta un grupo de cicloturistas. Después un pequeño desvío a la izquierda y una corta bajada en la que empezamos a alcanzar a la cola de la andaina. Voy medianamente cómodo y he recuperado la frescura de otras ocasiones. En una subidita noto que Diego se queda un pelín rezagado y al mirarle veo que no tiene buena cara. Le pregunto si se le ha subido algo y me responde que es sólo un punto. No me sale otra cosa que decirle que lo sufra un poco, que le acabará pasando (más por experiencia que por animarle sin sentido). Me dice que tire si quiero pero soy consciente que sin él no podría haber llegado hasta donde estaba ni seguramente podría hacer lo que me quedaba. Bajo un poco el ritmo para que pueda seguirme y cuando parece que se encuentra mejor seguimos con nuestra música. A partir de ahí parece como si fuésemos a relevos. A ratos va él delante, en otros tomo yo la delantera pero prácticamente uno al lado del otro.

En el km 14 nos maravillamos con una panorámica asombrosa, con el río Oitavén abajo a nuestra derecha transcurriendo nervioso a través de un pequeño cañón, un poco empañada por los calcinados troncos y la ceniza del terreno que ya se nota hasta en nuestras piernas y ropas, que van manchadas de negro.

Pensábamos que lo que quedaba era todo jauja pero hasta el km 16 y medio pica para arriba y nos hace entregar las energías que nos quedaban. Antes de terminar el ascenso contactamos con un señor que nos había adelantado un poco más atrás y que bromea diciéndonos que se enganchará a nosotros hasta meta. El hombre del mazo le hace una visita pues hemos subido un puntito y vaya si lo nota. Diego es generoso en el esfuerzo, no se está guardando nada aunque, igual que yo, está deseando cada vez más llegar a meta.

Cuando empieza el último descenso las piernas parece que no responden y no bajamos todo lo sueltos que deberíamos pero cuando la pendiente deja de ser tan pronunciada lo aprovechamos con una buena zancada. Parece que no falta nada pero los últimos kilómetros resultan interminables. Pasamos por una estrecha y empedrada zona con arbustos carbonizados antes de llegar al pueblo. Sorteamos unas calles que se antojan infinitas pero pronto estamos afrontando la bajada hacia meta. Me doy la mano con mi inseparable compañero antes de cruzar el arco. No hay duda alguna de que sin él no lo habría conseguido. Si os fijáis desde el avituallamiento no volví a mencionar las molestias y es así como lo sentí en carrera. Él me ayudó a desconectar, a olvidarme de si me dolía más o menos y me llevó en volandas hasta el final. Lección que no olvidaré nunca: unos trails se corren solo, otros es necesario hacerlos en compañía ¡Muchísimas gracias por tu ayuda Diego!

Ya en meta me entero que Martins sufrió un corte de digestión a las primeras de cambio y que no le permitieron competir. Aún así no hizo mal puesto pero entre lo bien preparado que llegaba y las ganas que tenía dejaron un sabor amargo. Está claro que ha sido una carrera de sufrimiento y aprendizaje a partes iguales para todos.

Una vez duchados y compartiendo una sabrosa comida en Vigo pudimos intercambiar impresiones de todo lo bueno y lo malo, sumamos uno más a nuestra lista y a pensar en el siguiente objetivo, no sin antes dar al cuerpo tiempo para recuperarse bien.

Con este trail se termina por el momento mi pequeño homenaje a Chuvoners. En la Torre volveré a vestir de Rannass aunque aún me queda la Vig-Bay con la camiseta blanquiverde de mis amigos vigueses con la que no he parado de crecer y mejorar.


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