Diario de Carrera #39 – CAMOVI

Entrada #39

CAMOVI 2018

(A. Javier “Safobo”)

Último trail hasta después de mi aventura por tierras helvéticas y nada menos que la CAMOVI. El año pasado no acudí porque había que guardar fuerzas para el Xalo pero este no me lo pensé. Desde que vi el cartel de los Trainings Solidarios con una foto de Nelk supe que sería una edición especial, que se confirmaría luego con la presencia de Zaid y de Ramón Blanco. Por desgracia, ni Nelk ni Bowman pudieron acompañarme y preparé el viaje en solitario hasta Viveiro.

Una cosa a la vez buena y mala: que la 21k a la que me inscribí comenzaba a las 10.45h. Bueno por no tener que pegarme el madrugón habitual, malo porque como no me espabilase iba a comer a las tantas.

Tocó levantarse a las 8. Desayuno tranquilo y me visto sabiendo que la mochila ya está preparada del día anterior. Únicamente hubo que cargarla en el maletero y ponerse en marcha. Había calculado una hora y media de viaje que, debido al poco tráfico que me encontré, se redujo unos cuantos minutos. Unos kilómetros antes de llegar pude ver las señales de “CAMOVI” en la carretera. No había perdida pero fue todo un detalle que las pusieran. A lo mejor es una tontería pero son precisamente esas cositas las que te hacen darte cuenta de lo “veterana” que es la organización de un evento como este, porque piensan hasta en el más mínimo detalle.

Sobre las 9:35 estaba aparcando el coche en la zona de parking habilitada, muy cerca de meta, y con un voluntario encargado de dar las mejores indicaciones. Acudo a la Plaza Mayor, en donde está el arco de meta y enseguida localizo la oficina técnica. Me meto hasta la cocina y después de un par de corredores me atienden con rapidez. Esta vez la inscripción lleva premio y por haberme anotado de los primeros me obsequian con un buff de la CAMOVI. Llevaba el de Orixes pero sin duda me lo pondré para la carrera. Le pregunto al hombre si sabe cuándo sale el último bus para la salida (recorrido lineal) y me dice: “…pues ya, YA… ¡date prisa!”. Vuelvo al coche pegando una carrerita a calzarme las Salomon y coger unas sales y geles. Una chica que pasa a mi lado me dice que me apure porque el último bus está a punto de salir. Le doy las gracias, cierro el coche y me pego un pequeño sprint hasta la estación de autobuses, que está a unos 200 metros de donde está el Polo.

Las 10 en punto y me subo al autocar. Me siento en primera fila al lado de un compañero y en nada estamos moviéndonos. Al poco llegamos a Naseiro, un lugar tranquilo por el que pasa el río Landro. Hay un ambientazo con gran cantidad de corredores listos para la acción. Queda tiempo aún y realizo un buen calentamiento. Cuando oigo al chico de la megafonía me acerco. Nos mandan cruzar el puente cuando justo aparecen algunos corredores del trail largo. Nos echamos a un lado para no entorpecer a la vez que les animamos. Una vez al otro lado se oye a uno de la organización: “¡Viene Ramón!”. Al fondo veo aparecer la delgada figura del auténtico protagonista de esta edición: un hombre que le ha ganado la batalla al tiempo y que con más de de 84 años está disputando la 42k. No sólo le animo cuando pasa a mi lado sino que le toco el brazo en una mezcla de asombro y admiración por si ese hombre estaba allí realmente. Si ya me sentía con fuerza, ese emotivo momento fue un chute de energía para salir a comerse esa media maratón de montaña.

Control de dorsales por chicos de la organización y SALIDA!!! Recorremos 3 kilómetros en un bucle que nos hace regresar a la zona inicial y cruzar el puente dirección Aralde. Esos primeros tres mil y algo más los hacemos por pistas llanas con ritmo ágil, ideal para ordenarnos y encontrar mi posición en carrera. Estoy al 100% y presiento que hoy no será un día de sustos ni complicaciones. Tengo unas ganas locas de disfrutar del monte.

Al poco, en una subidita me vuelvo a encontrar a Ramón al que van llevando en volandas todo el camino. Le animamos y lo mismo hace él con nosotros. Voy detrás de Bea Barroso y Lupe Rubio, segunda y tercera en ese momento. Bromeo con un compañero de club de Lupe: “Ojo que se te escapa”. Él me dice sonriendo: “Déjala, déjala”. Sé que si consigo mantenerme en ese ritmo haré una buena carrera pues son chicas que van rápido y suelen disputarse el podio de los trails a los que acuden (con permiso de nuestra Chuvoner Silvia). La subida parece no terminar. Transcurre por pistas anchas con más o menos inclinación pero constante en la exigencia, esfuerzo continuo, que alternamos con puro monte.

Primera bajada y más que apurar el paso me dejo llevar. El castigo al que sometí a las piernas en la primera parte tiene que ser recompensado. Un poquito más adelante veo el primer avituallamiento (líquido). No he parado cuando ya tengo un sobre de sales abierto y listo para meter la pastilla en la boca. Bebo, y bebo bastante puesto que aunque el sol se entremezcla con niebla el calor aprieta y voy sin chaleco, al que me he desacostumbrado totalmente. Me pasan bastantes corredores durante la parada pero como siempre es anecdótico. La competición siempre es contra la misma persona: yo mismo. Podré llevar como referencia a algún corredor pero jamás me obsesionaré con quedar más o menos delante o detrás.

Camino del km 8 sigo bajando y con lo que he bebido temo que me de un punto. Pero la bajada es rápida y juguetona y quiero divertirme antes del siguiente castigo, el cual no tarda mucho en llegar…

Recupero la referencia de Rubio y afrontamos una parte bastante empinada. Me noto con fuerzas y quizás la emoción no me hace reservar esas energías que siempre hacen falta más adelante pero me pongo por delante de Lupe y algún otro corredor más y pego un acelerón. Cuando las pulsaciones se disparan me quedo a la estela de otro chico que lleva buen ritmo. Continúo con él un rato hasta que toca descender un poco y se me va. En una zona arbolada noto la respiración de Lupe que me ha vuelto a alcanzar y me aparto para no entorpecerla. Zona complicada y estrecha. La niebla se hace más presente, la temperatura baja. Noto que se me acercan corredores, el ritmo de la subida me está pasando factura y lo he bajado un poco ahora sin darme cuenta.

Kilómetro 10 y los gemelos empiezan a avisar que se acabó la fiesta y como no dosifique durante lo que resta lo pasaré mal. Me tomo en serio el aviso y mantengo el ritmo suave. Justo después empieza una bajada bonita y bastante técnica antes de llegar al km12 (2º avituallamiento). Nuevamente con las sales en la mano bebo de todo lo que allí hay (refresco, isotónico y agua), como un par de piezas de melón y termino con un trozo de plátano. Soy consciente que esta parada es súper importante. Si no como y bebo bien lo pagaré. Y por el calor la deshidratación es más rápida. Todo lo que pueda ingerir me hará falta.

Tras retomar la marcha afrontamos una zona fangosa tirando a cenagal. Veo las balizas pero no hay camino bueno. Vaya por donde vaya las zapatillas se entierran en el lodo y, mojadas, se hacen pesadas. La putada es que forma parte del “descenso” y en lugar de recuperar algo me hace trabajar de lo lindo. Al salir, una pista en la que poco tarda en subírseme el gemelo izquierdo. “La jodimos”- mascullo. Paro a estirar unos segundos y aún con molestia prosigo. Estaba claro que me emocioné los primeros kilómetros pero creo que no tengo remedio. Es tan habitual que lo raro es que no lo haga de esa manera…

Pasado el 15 última (eso pienso) y larga subida que afronto con ganas aunque físicamente justito. Es lo que tiene ser ‘corredor de fin de semana’. El ascenso se hubiera convertido en una insufrible tortura si no fuese por un grupo de traileros de un club de Salamanca, unos auténticos cachondos. Menudas risas, no paraban de hablar y bromear un segundo. Me meto con ellos en un silencio que hacen, animo a un corredor que no va en su mejor momento y recojo un gel vacío que, aunque sé que el escoba es muy concienzudo, me da repelús verlo y dejarlo allí tirado. Lo meto en uno de los bolsillos y sigo.

Estoy reventado. Esa subida me ha dejado muerto y empiezo una bajadita por una pista de grava. Se me vuelve a subir el gemelo esta vez con más dolor, me paro y me cago en mis muertos. Tras volver a estirarlo sigo con una ligera cojera pero que no me impide correr. En ese momento miro hacia adelante… y hacia arriba: una última pared ante mí que hay que superar como sea.

Justo al comienzo de la ascensión veo a un corredor en el suelo, dolorido, dorsal número 483. Me apuro para saber qué le ha pasado. Una pareja de espectadores permanece quieta observando la escena. Otro corredor pasa a mi lado pero al ver que me paro sigue. El hombre está tumbado boca arriba con las piernas semiflexionadas y con el rostro desencajado por el dolor. Le pregunto qué es y me dice los gemelos. “¡Qué me vas a contar a mí”- pienso. Lo cojo en brazos y lo aparto un poquito hacia un lado. Le digo que se relaje y le estiro una pierna primero y luego la otra. Despacio, sin prisa. En ese momento me olvido de la carrera y me centro únicamente en recuperar lo mejor posible al hombre. Le digo que respire tranquilo y le pregunto si lleva algo a lo que me responde que no. Tomo del bolsillo mi última dosis de sales, que hubiera necesitado pero él las necesitaba más. Le digo que no son de efecto inmediato, que tiene que tomarlas y esperar un poco. Ya viví esa misma situación en carne propia por eso le explico con convencimiento. La espectadora ofrece su agua para que el hombre pueda tomarlas. Me lo agradece y se queda allí sentado, espero que pueda terminar. Es hora de volver a la carrera.

Durísimo el muro, no muy largo pero sí intenso que me obliga a echar el resto. Antes de llegar a la cima alcanzo a uno de los salmantinos que me pide si le puedo sacar unas fotos con su móvil escalando unas rocas, a lo que accedo. Las subo yo también y me saco una foto con ellos. Hemos llegado al tercer y último avituallamiento, Penedo do Galo, en el que por haber hay hasta empanada. Pena que no me entre nada a esas alturas de la película. En la bajada los dejo atrás. El sol parece que quiere volver a asomarse. Fundidito que voy. Evité al hombre del mazo pero sé que bajando se me pueden subir los gemelos a la garganta tal y como van. La empiezo muy suave pero soy tan inconsciente que al ver a un fotógrafo no se me ocurre mejor cosa que hacer un ‘pinchacarneiro’ y casi me quedo en el sitio.

Voy sin gasolina y cada tramo que no es bajada sufro lo que no está escrito. Atravieso un par de riachuelos y más descenso. Cuando pasamos a cemento sé que la meta no está lejos. Por las callejuelas de Viveiro respiro y la gente volcada y aplaudiendo la llegada a la Plaza Mayor me hace sentir un deportista de élite por unos instantes. Cojo el buff conmemorativo y lo muestro orgulloso… ¡¡¡META!!!

Me da pena no ser partícipe de la gran fiesta que hay allí montada pero el deber me llama y vuelvo al coche tras reponer fuerzas. Conduzco unos 700 metros hasta el pabellón habilitado, al otro lado del puente. Parking top y ducha aún más top, calentita y reparadora. Me quedo como nuevo y pongo rumbo a Ferrol para comer con la familia. Por el retrovisor voy dejando atrás Viveiro sabiendo que no será la última vez que nos veamos. ¡Hasta pronto CAMOVI!


Comments

comments